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Diario de confinamiento en tiempos del COVID

Día 1 - Nueva normalidad

¡Ay, no quepo en mí de gozo! Es verdad que aún tengo muchas dudas y que tras la comparecencia del ‘Presi’ para explicar las fases de desescalada leí detenidamente cada periódico rebuscando como un loco lo que me interesaba, pero aún no me queda claro cuál es la fase de follar. Mucho gráfico y mucha historia para explicar a la gente cuándo va a poder ir a los comercios y a los bares y resulta que a nadie se le ocurre preguntar qué lugar ocupa el sexo en la ‘nueva normalidad’. Como podremos ir a una terraza con un colega pero no subir a su casa, supongo que la solución está clara. Será un renacer a la vida perfecto. Tras dos meses de masturbación en la intimidad lo que me apetece ahora es un revolcón al aire libre. Me imagino calles repletas de parejas, de pequeñas orgías (no más de cuatro personas por seguridad), hombres y mujeres con mascarillas y guantes de látex palpando, frotando, reconciliándose con el placer del tacto, del contacto con otro cuerpo. Sin besos, claro, pero eso no es tan raro, ya lo vimos en Pretty Woman.

Estoy casi listo, es verdad que en estas semanas he perdido algo de color y también peso. He visto cómo otros han dedicado su tiempo a ponerse orondos a base de bizcochos y pan casero, yo he estado ocupado en otros menesteres. Tampoco he ahorrado, lo que no me he gastado en levadura lo he invertido en lubricante y puedo decir que la cosa mejora mucho. En la adolescencia tiraba de la crema hidratante de mi madre y no es lo mismo. Acababa formando una masa blancuzca y pegajosa con olor a Nivea que siempre me delataba.

Me miro al espejo, no había tenido el pelo tan largo desde que quise imitar a Nick Carter, sí, todos tenemos un pasado. Barba, ojeras (el Hugo y yo hemos pasado grandes noches de insomnio y éxtasis), estoy a medio camino entre un programador y un yonki de los ochenta, y es verdad, el chándal tampoco ayuda, es hora de volver a los vaqueros. Estoy nervioso, ‘siempre puedes volver a casa con tu arsenal erótico, tranquilo’, me digo para tranquilizarme, ‘ya lo has hecho antes, no es nada nuevo’. Así debió sentirse Arthur Dent, el protagonista de ‘La guía del autoestopista galáctico’, aunque han pasado tantos años desde que leí ese libro que ya casi no me acuerdo, podría dejar lo de salir para mañana y releerlo. ¡No! Pienso en Hugo, ahora mismo no me cabría ni una sonda uretral, ¿qué me pasa? Hago recuento, guantes, mascarilla, gel hidroalcohólico y unos calzoncillos limpios (de momento). Ha llegado el día, me voy a la calle.

 

 

Semana 4 

He empezado a distinguir caras en el gotelé de la pared y cada vez que doy una cabezada sueño con el momento de tomarme una caña y abrazar al del bar de abajo, ¡qué poco valoramos a los camareros cuando los vemos cada día! También he descubierto que existen una amplia variedad de programas sobre asesinatos (parejas asesinas, mujeres asesinas, vecinos asesinos, niños asesinos, el asesino de al lado) y he puesto la cómoda bloqueando la puerta de la entrada. Me he sobresaltado un poco cuando me han traído el paquete nuevo y he hecho esperar al repartidor mientras movía otra vez el mueble y comprobaba por la mirilla que no llevara armas. Pero el susto ha merecido la pena. Después de mucho meditar he decidido lanzarme a la piscina, no podría soportar que se acabara el mundo sin experimentar uno de esos orgasmos de los que tanto hablan. He vuelto a bloquear la puerta y he desembalado mi Lelo Hugo, un estimulador de próstata con control remoto. Nervios, sudores, excitación, deseo, y finalmente una explosión que me ha dejado absolutamente apabullado. Me he quedado dormido como un niño, sin pesadillas ni nada.  

 

 

Semana 3

Ventilando la habitación (porque una cosa es seguir la cuarentena y otra crear organismos nuevos en mi propia casa) he echado un vistazo por la ventana y he visto al padre de los mellizos de enfrente mirando hacia abajo como si quisiera tirarse. Como he decidido probar cada día una cosa nueva, he limpiado la parte de atrás de la nevera y me he dispuesto a catar el huevo Tenga que me acababa de llegar a casa. Cuando me preparaba para usarlo ha empezado a sonar a todo trapo ‘Que viva España’ y me ha parecido un buen augurio. Al primer contacto, la textura me ha recordado un poco a la de las manos locas con las que jugaba de pequeño, pero cuando dejó de sonar Manolo Escobar todo cobró un cariz más excitante. ¿Recuerdas la escena de American Pie en la que el chaval pasa un buen rato con la tarta de manzana? Pues si hubiera contado con una de estas maravillas habría tenido claro que con la comida no se juega. Ha sido fantástico. ¿Lo malo? Que al intentar reutilizarlo me lo he cargado. Pero no importa, mañana me pido la media docena.

 

 

Semana 2

He bajado a por el pan y me he sentido como Will Smith en Soy leyenda. Vuelvo a casa, en el portal me encuentro con un vecino al que no había visto hasta el comienzo de la cuarentena. Arrastra desesperado a un pequeño carlino que no entiende por qué ahora tiene que pasear tanto si a él lo que le gusta es frotarse el culo contra la alfombra del salón y quedarse dormido. En cuanto subo a casa tocan al timbre. Me sobresalto, pero por suerte no es la parca, sino el Satisfyer Men Heat que pedí ayer. Después de leer mil críticas y comentarios sobre los mejores juguetes sexuales maldije mi falta de clítoris y me decidí por lo más parecido a un succionador que encontré en el catálogo. Yo, lo que lo máximo que había innovado en masturbación fue aquella vez que se me durmió la mano y probé lo que mis amigos llamaban ‘la desconocida’ solo puedo decir una cosa, gloria bendita. Con esto tengo para unos días, porque hoy aguanté dos modos de vibración de los 70 que dice tener. La semana promete. 

 

 

Semana 1

Malditos seáis vosotros, ‘cuquis’ y ‘moñas’ que pobláis el mundo. Llevo tres días encerrado en casa ¿aprovechando el tiempo? Diría que no, pero veamos. Dormir, poner Netflix, empezar cincuenta y seis veces ese libro que juré que leería cuando tuviera tiempo, abrir la nevera y cerrarla, pensar ¿y si aprovecho para hacer limpieza? Descartarlo (ya habrá tiempo), mirar el móvil (contabilizo ya 273 wasaps desde que dejé de abrirlos), buscar en Youtube un vídeo sobre cómo hacer yoga en casa (mala idea, me ha dado un tirón en la espalda y no puedo ir a urgencias), abrir y cerrar la nevera, buscar un vídeo en Youtube sobre cómo aprender a tocar la guitarra (mala idea, no tengo guitarra), tardar media hora en decidir si debo tomar o no un ibuprofeno para el dolor que me ha provocado el tirón en la espalda (me ha llegado un wasap prediciendo mi muerte si lo hacía), abrir y cerrar la nevera, autoengañarme pensando en la cantidad de dinero que voy a ahorrar si no puedo salir de casa (tengo en la cesta de Amazon hasta una escobilla para el baño), y recuperar el callo en la mano que tanto tiempo y esfuerzo me costó pulir en el instituto. Entonces hago algo que juré que evitaría y abro el Facebook. Y sí, amigos, ahí estáis vosotros con vuestras frases de ánimo, vuestros vídeos inspiracionales y vuestras fotos del encierro como si fuerais el Conde de Montecristo.

Aquí me bajo. Voy a lavarme las manos (que como dijo Pedro Sánchez ahí también está la heroicidad) y voy a disfrutar de lo lindo. ¿Cuánto queda? ¿Dos, tres, cuatro semanas? Tiempo de sobra para ver la trilogía de Star Wars y convertirme en el nuevo Michael Douglas del sexo.