Dora Maar, antes y después de Picasso

Sara Martínez 09/10/2020

“Después de Picasso, solo Dios”, cuentan que le dijo a Lacan, el psicoanalista que la ayudó a salir del infierno en el que cayó tras el abandono del pintor. Pero Dora Maar, la dolorosa, la atormentada, la musa del genio, la pobre histérica, como aparece descrita en la mayoría de las biografías de Picasso, a la que como mucho se le ha concedido en alguna de ellas la categoría de la documentalista del Guernica, existía antes y existió después del genio (o a pesar de él). Pintora notable y fotógrafa genial, su obra ya era conocida y valorada por los expertos antes de que el gran hombre entrase en escena. Precursora de la fotografía de moda y documental, su trabajo ya había aparecido en las grandes publicaciones francesas de la época y en varias revistas de arte y de contenido erótico.

Henriette Markovitch, como consta en su partida de nacimiento, llegó al mundo el 22 de noviembre de 1907 en París, recibió una gran formación intelectual y artística, aprendió español en Argentina (donde residió durante un tiempo con sus padres) y formó parte desde muy joven de los círculos más vanguardistas de la capital francesa. Amiga de Brassaï y Cartier Bresson, destacó en collage, fotomontajes y fotografía de calle retratando a los desheredados, mendigos, excluidos o lisiados de guerra, imágenes crudas, serenas y llenas de afecto. Con talento para “descubrir la extrañeza en lo cotidiano”, como resalta su biógrafa, Victoria Combalía, fotos como Pére Ubu, el inquietante monstruo amable, forman parte indiscutible de la historia del arte.

Ella tenía 19 años y Picasso 55 cuando se conocieron en el Café Deux Magots en 1936. Su encuentro es casi leyenda. Con la mano extendida, Maar jugaba a clavar la punta de una navaja entre sus dedos e inevitablemente, falló y se cortó. Cuando se quitó el guante ensangrentado, él se lo pidió para conservarlo en una vitrina en su piso. En el documental dirigido por Alejando Lasada ‘Dora Maar, a pesar de Picasso', Combalía define a la artista como “muy discreta, fuerte e independiente”, pero también “inestable y con cierta tendencia a la melancolía”. Por su parte, ninguno de los biógrafos de Picasso pone en duda la misoginia y el sadismo del genio, extremadamente cruel a veces. Se hipnotizaron el uno al otro ferozmente pero la fascinación le duró más a ella y en sus casi diez años de relación, Maar no fue ni mucho menos la única mujer en la vida del malagueño.

En 1943 Picasso se enamoró de Francois Gilot y la emancipada, digna, talentosa, brillante y bellísima Maar se convirtió en una loca. Inicia un descenso con parada en hospitales psiquiátricos, terapia de electrochoques y psicoanálisis para volver finalmente al catolicismo de su infancia. Picasso pagó la estancia de su examante en uno de aquellos caros sanatorios, todo un detalle. Casi recluida, se dedicó a la pintura durante las siguientes décadas volviendo muy brevemente a la fotografía. “Cuando Picasso me abandonó todos pensaban que me suicidaría y no lo hice por no darle esa satisfacción”, dijo. Murió en 1997, a los 90 años. Solo seis personas despidieron a los ojos del Guernica. Hoy, su obra tiene más relevancia que nunca. La única pregunta es, ¿qué habría sido de Dora si no hubiese conocido a Pablo? Sin más fe, sin más dios que ella misma.

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