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Pornocracia, el gobierno de las prostitutas o cuando el Vaticano olía a sangre y semen

Nunca digas de esta agua no beberé ni este cura no es mi padre, no revelamos aquí ningún secreto si decimos que el libertinaje del clero, desde el párroco más humilde hasta el prelado de más alto cargo, no es nada nuevo, así que mejor pecar de cauteloso que de irreflexivo, (no digas luego que no te avisamos) y no dar nada por hecho mientras no haya prueba de ADN por medio. Sentemos las bases del artículo y de la vida, el mal, como sabréis, seduce a la mujer y luego ya la mujer seduce al hombre. Así ha sido siempre desde que el mundo es mundo (o sea, desde que la serpiente convenció a Eva para morder la manzana y Eva arrastró consigo a su fiel compañero). Y este fallo de la mujer primigenia, como es lógico, tiene sus consecuencias, parir con dolor y cobrar menos. Palabra de Dios.

Que la Iglesia católica, gobernada estrictamente por hombres, haya protagonizado corruptelas, escándalos políticos y sexuales, y sucesos tan escabrosos como desenterrar a un papa, colocar sus restos en una silla y someter al finado a un juicio para finalmente hallarlo culpable mutilando su cadáver y arrojándolo al río, es lo de menos. Lo de más es que dos mujeres inteligentes, ambiciosas y estrategas, se atrevieran a meter sus pezuñas en la Santa Sede haciendo y deshaciendo a su antojo y moviendo los hilos de toda la política romana. Ellas fueron Teodora y Marozia, una madre y una hija que dieron nombre a un periodo de casi seis décadas. “Esta mujer, junto con su hija, la prostituta del Papa, llenaron la silla papal con sus hijos bastardos, convirtiendo su palacio en un laberinto de ladrones”, dijo de ellas el poeta y sacerdote Eugenio Vulgarius. La filosofía está clara, detrás de todo mal hombre hay siempre una mujer mucho peor. Bienvenidos a la pornocracia.

Busques donde busques la definición es la misma, “gobierno caracterizado por la gran influencia de las cortesanas en los asuntos públicos”, para abreviar, gobierno de las prostitutas. Aunque para ser justos, parece olvidarse en esta definición que la influencia que ejercían los amantes en los asuntos de estado era independiente del género, no vayamos a creer que sus santidades no admitían a hermosos mancebos en su cama. De cualquier modo las famosas fueron ellas, que pusieron y depusieron papas al gusto entre el 904 y el 964. La madre, Teodora, que sí, estaba casada con un tal Teofilacto pero no les iba la monogamia, fue amante del papa Juan X, con quien engendró a su hija Marozia, y también de Sergio III (un señor majísimo que participó en el 'Concilio Cadavérico' en el que se desenterró, juzgó, mutiló y lanzó al Tíber al papa Formoso). Como en la mejor telenovela venezolana, Marozia ocupó el lugar de su madre en el catre de Sergio III con 14 años y claro, se quedó embarazada (es lo que tiene la adolescencia, que se es muy fértil).

Casamientos, muertes extrañas, conspiraciones y mucho sexo, mejor que el Padrino III y además sin Sofía Coppola. Marozia, hija, madre, abuela y bisabuela de papa, amante de tres pontífices, pasó sus últimos días encerrada en el Castillo de Sant’ Angelo. Mujeres formidables, ambiciosas, más hábiles que el mejor estratega militar, supieron desenvolverse en un mundo de hombres. Han pasado a la historia como las putas del Vaticano, pero putas de lujo. Benditas sean.