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Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera, drags queens, mujeres trans, ellas espolearon el movimiento gay

La normalidad, curioso concepto. Algunos pasan la vida intentando encajar y otros sacan las uñas para que les dejen ser lo que son, lo que les dé la gana. Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera pertenecían al segundo grupo, al de los otros. Despreciados, perseguidos, olvidados, la escoria, vamos. Tenían todas las papeletas. Marsha era una drag queen afroamericana, Silvia una mujer trans latina. Ambas se lanzaron a las calles desde niñas, prostituyéndose y trapicheando para sobrevivir. Amigas desde los 12 años, ellas fueron acicate de un movimiento que les dio la espalda. Las dos estaban en el Stonewall la noche del 28 de junio, gritando, lanzando piedras, peleando, porque lejos de lo que la historia se ha empeñado en hacer creer, aquella revuelta no estuvo monopolizada por hombres blancos, atractivos y liberados, el bar era un antro frecuentado por maricas con pluma, chaperos, lesbianas de toda clase, travestis y gente sin hogar que encontraba en el local la libertad que se les negaba fuera. Lo cuenta Rivera, “la gente de la calle y las drags queens fuimos la vanguardia del movimiento, no nos importaba que nos partieran la crisma. Aquella noche estaba bailando y encendieron las luces, empezaron a fichar a las queens y a meterlas en coches de policía. Sacaron las armas. Empezaron a volar cócteles molotov. Pensé, dios mío, la revolución está aquí. Gracias a dios. ¿Nos habéis tratado como una mierda todos estos años? Ahora es nuestro turno”.

¿Por qué estás aquí? Le pregunta una reportera a Johnson en una de las marchas que tuvieron lugar tras la revuelta. “Cariño, quiero mis derechos ya. Creo que es hora de que los hermanos y hermanas gais tengan sus derechos. Sobre todo las mujeres”. Y es que ellas lucharon en primera línea aunque su lucha se haya pasado tantas veces por alto. Fundaron STAR, Acción Travesti Callejera Revolucionaria, un hogar para sacar a los jóvenes y niños de la calle, para brindar apoyo, para seguir peleando. Acudieron a todas las manifestaciones. “Era hora de mostrar al mundo que somos seres humanos”, reconoce Rivera en el documental ‘Vida y muerte de Marsha P. Johnson’. Pronto surgieron los primeros desencuentros. “A los travestis siempre nos ponían detrás y eso no era lo correcto. No les importaba si estabas ahí al principio del movimiento gay, manifestándote con ellos vestida de mujer. No les importa”, declaró Marsha en una entrevista. Las dos eran muy críticas con la poca visibilidad que se otorgaba a las personas trans.

En un discurso que ha pasado a la historia, Sylvia sube al escenario el día del Orgullo de 1973. Entre pitidos y abucheos se aferra al micrófono. “Me han pegado. Me han partido la nariz. Me han metido en la cárcel. He perdido mi apartamento por la liberación gay. ¿Y me tratáis así?, pero ¿qué cojones os pasa?” Más tarde declaró, “tenían un conflicto sobre las drags queens en el escenario porque se suponía que éramos estereotipos, pero si no fuera por una drag queen no habría movimiento de liberación gay. Fuimos las pioneras”.

Marsha apareció muerta flotando sobre el río Hudson con solo 46 años. La policía consideró que se trataba de un suicidio. Su caso se sigue investigando hoy, uno más, entre los centenares de muertes violentas de mujeres trans que alfombran las calles de las grandes ciudades sin que a nadie parezca importarle. En Estados Unidos, si te acusan, siempre puedes alegar ‘defensa de enajenación por pánico’, de repente te encontraste un pene donde esperabas una vagina. Listo.

Ellas, reinonas, iconos, supervivientes de un sistema que las empuja con violencia hacia la periferia. Antes y ahora. Repetimos, ¿pero qué cojones os pasa?