A los hijos del planeta Transexual en la galaxia Transylvania, bienvenidos

Cuenta el periodista Kiko Llanera en Jot Down que cuando abandonó el colegio salesiano en 1985 tenía miedo a “mearse dentro de una señora a la hora de hacer el amor”. El adolescente entendía que si del pene manaba tanto orina como esperma controlar qué y cuándo podía complicarse. Como veis, la educación sexual en España nunca fue para tirar cohetes. “Los niños de los setenta crecimos tan amilanados por el sexo como todas las generaciones anteriores”. Los miedos humanos, al dolor, a la primera vez, a sangrar, a no saber qué hacer, a que no se te levante, a quedarte embarazada, se entreveraban con los divinos, inoculados a golpe de catecismo y misoginia. “Por causa del pecado sexual están en el infierno el 99% de los condenados”, se enseñó durante décadas en las escuelas, y claro, con esas estadísticas que parecían sacadas del INE como para no temblar de espanto imaginándose devorado por las llamas con la cara cubierta de granos.

Qué le vamos a hacer, por mucho que avancemos arrastraremos siempre un lastre, eso es a veces la educación recibida. No hay remedios milagrosos, decían las abuelas, pero nosotros creemos haber encontrado uno que roza lo extraordinario. Como el joven de provincias deslumbrado por los neones de la gran ciudad, como el adolescente que descubre en otra boca el lugar donde quiere pasar la vida, como el niño que adivina que los reyes son sus padres, como el día en que por fin entiendes que ‘moriría por ti’ es una metáfora. Hay experiencias transformadoras. Así que amigo, si eres de los corren a la ducha para purificarse después de un orgasmo, si aún tuerces la cara cuando ves a una pareja del mismo sexo besarse en público, si con dos cervezas encima has soltado alguna vez eso de ‘yo no juzgo’, sabemos exactamente lo que necesitas. Una terapia de choque contra el puritanismo y la normatividad, una oda a la libertad sexual, una fiesta que ni las de Madonna, una celebración de la androginia, la pesadilla erótica de un kiko empapado en LSD.

Sugerimos darle la vuelta al método Ludovico popularizado por Kubrick en La naranja mecánica y someterse a una terapia de atracción de lo sexual a través del visionado ininterrumpido de The Rocky Horror Picture Show. Todo empezará con el ligero hastío que te provocará la joven pareja, Brad y Janet, tan cursis, tan vírgenes, tan desprovistos de toda gracia. Vendrán luego el asombro y las carcajadas, pero serán las pegadizas canciones, el fabuloso Tim Curtis, la ruptura de los roles sexuales y la apología del placer y la liberación sexual los argumentos que te empujarán a mudarte al planeta Transexual en la galaxia Transylvania. Simplificando, todo empieza con un salto a la izquierda. Y luego un paso a la derecha. Pones las manos en las caderas y a continuación, juntas las rodillas. Pero es el golpe de la pelvis lo que te volverá loco.

“Entregarse al placer no es un crimen”, aduce el científico travesti ante la culpa de Brad y Janet. No refrenes tus instintos. Vístete a lo glam sado, píntate la cara a lo Bunbury, busca una criatura de la noche y entrégate. Si a lo loco se vive mejor, sin miedo se vive más.

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