Cuando el orgasmo femenino era más peligroso que la guerra nuclear

Si hubiese justicia divina, esa del ojo por ojo, hordas de mujeres muertas en vida, ejércitos de frígidas forzosas víctimas de un sistema que las educó para que creyeran que la ausencia de placer era honorable, convertirían de un simple tajo en eunucos a los responsables de tanta infamia. Que nadie avise a la fiscalía, la mayoría de estos señores de la patria ya han descendido a los infiernos por lo que estrictamente esto no podría considerarse apología de la castración a navaja. Se trata, como las define la escritora Almudena Grandes, de esas mujeres “que perdieron la libertad en la que habían vivido sus madres para llegar tarde a la libertad en la que hemos vivido sus hijas”. Curioso el interés de gobiernos y religiones por meter sus narices en la sexualidad ajena, más peligrosa para los franquistas que el ‘Manifiesto Comunista’. Lo esencial, controlar la educación desde la infancia, antes de que uno pueda racionalizar por sí mismo o sorprenderse con un cosquilleo agradable. Así lo explicaba un ilustrado del régimen, el rector de la Complutense de Madrid, Botella Llusía: “Es un error educar a las mujeres igual que a los hombres: la preocupación que deben recibir para la vida es radical y fundamentalmente distinta. Una formación encaminada no a hacer de ella un buen ciudadano, sino una buena esposa y una buena madre de familia o, si se queda soltera, en un ser útil a sus semejantes”.

Con esto claro, hay que enseñar a las señoritas a desempeñar lo mejor posible el papel que se les ha reservado. Y en eso nadie tuvo un papel tan destacado como Pilar Primo de Rivera, la hermanísima del fundador de Falange dirigió con mano de hierro la Sección Femenina, organización que básicamente enseñaba a las jovencitas a despreciarse a sí mismas. Ojo porque no lo decimos nosotros, lo explicaba la mismísima Pilar en 1943: “Las mujeres nunca descubren nada, les falta talento creador, reservado por Dios para las inteligencias varoniles, nosotras no podemos hacer más que interpretar mejor o peor lo que los hombres nos dan hecho… por eso hay que apegar a la mujer con nuestra enseñanza a la labor diaria, al hijo, a la cocina, al ajuar, a la huerta, tenemos que hacer que la mujer encuentre allí toda su vida y el hombre todo su descanso”. Preciosas palabras que podría haber pronunciado el mismísimo Bertín Osborne en cualquier capítulo de ‘En tu casa o en la mía’.

La falta de educación sexual y el temor al propio cuerpo fueron la raíz de muchos males. Los adolescentes adinerados se aprovechaban de las criadas, que difícilmente podían escapar a su asedio. Las familias hacían la vista gorda hasta que la muchacha se quedaba embarazada, momento genial para echarla a la calle condenándola a la indigencia y la prostitución. Para preservar la decencia de unas otras tenían que ser basura. Las muchachas puras, una vez casadas, no debían disfrutar más de la cuenta. De nuevo, habla Botella Ussía: “Hay muchas mujeres, madres de hijos numerosos, que confiesan no haber notado más que muy raramente, y algunas no haber llegado a notar nada, el placer sexual, y esto sin embargo, no las frustra, porque la mujer, aunque diga lo contrario, lo que busca detrás del hombre es la maternidad… Yo he llegado a pensar alguna vez que la mujer es fisiológicamente frígida, y hasta la excitación de la libido en la mujer es un carácter masculinoide, y que no son las mujeres femeninas las que tienen por el sexo opuesto una atracción mayor, sino al contrario”.

Todo lo que una mujer necesitaba saber sobre la sexualidad se lo explicaba pormenorizadamente la Sección Femenina como si de un kamasutra falangista se tratase. "Si tu marido te pide prácticas sexuales inusuales, sé obediente y no te quejes". "Si él siente la necesidad de dormir, no le presiones o estimules la intimidad". "Si sugiere la unión, accede humildemente, teniendo siempre en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que haya podido experimentar". Si por casualidad, porque eso sí que sería gracia divina, la mujer tenía un orgasmo durante una relación que se basaba únicamente en la penetración con un hombre que jamás había escuchado hablar del clítoris, tenía que acudir corriendo a confesarse. En el mejor de los casos, y si era comprensivo, entendería que había sido un accidente y no la llamaría puta. Nada de mansas, benditas ellas, putas y frígidas que no se alzaron en armas, porque ellas heredarán nuestro reino.

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