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¡Es solo un orgasmo, idiota!

Sara Martínez 03/08/2020

Si “lo importante” es que los espermatozoides lleguen hasta los óvulos y para conseguirlo basta con el orgasmo masculino “el femenino debe ser contemplado como superfluo”, sentenció tras estrujarse los sesos Stephen Jay Gould en su ensayo ‘Pezones masculinos y ondas clitorídeas’. Y a tomar por saco, que ya lo había dicho el padre de la filosofía occidental, “las hembras son por naturaleza más débiles y más frías, y hay que considerar su naturaleza como un defecto natural”. Y es que del orgasmo masculino depende nuestra progenie, la supervivencia de la raza, y del femenino absolutamente nada, es un mero accidente, pura casualidad. Y ¡quién lo diría!, resulta que la postura aristotélica sobre la sexualidad femenina caló con entusiasmo en la Iglesia. El sexo solo debe practicarse con fines reproductivos y si, para estos, que la mujer disfrute no interfiere en absoluto, pues eso que nos ahorramos que hay guerras que librar y muchos pueblos aún por evangelizar como para andar con chorraditas y vicios abominables.

El asunto ha sido objeto de multitud de estudios, el eterno misterio de la fisiología, ¿para qué demonios sirve el orgasmo femenino? Que si los fluidos femeninos debían mezclarse con el semen en un combinado perfecto y necesario para concebir, que si los niños engendrados con placer eran más sanos, que si las contracciones que acompañan al clímax femenino aúpan el esperma como una especie de cofrades gritando ‘¡al útero con él!’ (esta es una de nuestras teorías favoritas) e incluso que el orgasmo dejaba a la mujer tan “saciada y agotada” que se mantenía tumbada ayudando esto a la fertilización del óvulo. Hipótesis muy imaginativas pero (¡oh, vaya!) todas falsas.

¿Qué leches es el clítoris? ¿Un producto de la adaptación? ¿Un pene atrofiado?

Y ahondando más en el tema, ¿qué leches es el clítoris y cuál su fundamento? ¿Es producto de la adaptación? ¿Un pene atrofiado? (sea como sea parece que todo ha de partir del pene, omnisciente, todopoderosa fuente de vida). "Se erguirá y caerá igual que lo hace la yarda y hará que las mujeres sean lujuriosas y disfruten más de la cópula”, dijo de él la matrona inglesa Jane Sharp en el siglo XVII. Pues bien, parece que la postura de Elisabeth Lloyd cobra fuerza a pesar del enfado que suscitó su estudio The Case of the Female Orgasm publicado en 2005. Sectores feministas, hombres científicos, la parte más derechizada de la iglesia, todos se ofuscaron. Sin embargo, la filósofa y científica se limitó a recopilar los errores cometidos hasta el momento en las investigaciones y a señalar algo ¿revolucionario? Puede que un orgasmo solo sea un orgasmo, así de simple, así de claro, un vestigio de la evolución, algo que quizá tuvo su papel en el pasado pero que ya no desempeña ninguna función fisiológica en la actualidad. Y establece un símil fácil de entender hasta para las mentes más limitadas, ¿para qué sirven los pezones masculinos?

Hace apenas un año un estudio elaborado por la Universidad de Yale y el Hospital Infantil de Cincinnati refrenda esta postura. Puede, dicen sus autores, que en el pasado el orgasmo femenino desencadenara la ovulación (como ocurre en algunas hembras de otras especies) y que esta función se perdiera con la ovulación espontánea. Otro hallazgo interesante es que el clítoris no siempre ha estado en el mismo lugar. "El clítoris pasó de estar en el interior del canal vaginal de las hembras a estar donde actualmente está, pues ya no hacía falta alcanzar un orgasmo para ovular”, explican.

“Una luz que la evolución se olvidó de apagar”, eso es el orgasmo femenino, escribe la periodista Bárbara Ayuso. Bendito sea el clítoris viajero que cumple con una función tan vital como el corazón, uno nos mantiene con vida y otro hace que el placer forme parte de ella.

Terminamos con el sublime poemilla cómico que le dedica Siri Hustvedt en ‘El Verano sin hombres’: Cuando Colón oteó aquel Monte bendito, se detuvo e inquirió, ¿qué es esto que brota? ¿Un guisante, un botoncito? ¿Será que no veo ni gota? ¡No, es sólo el clítoris, idiota!»