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Federica Montseny, la anarquista que quiso legalizar el aborto en plena Guerra Civil

Sara Martínez 30/07/2020

“Ahí va la mujer que habla y el hombre que la acompaña”, gritó un niño al verla llegar a su pueblo en una de las muchas visitas que realizó a las zonas rurales para contar a los campesinos, a los obreros, a los oprimidos, que otro mundo era posible. Porque Federica Montseny era la mujer que hablaba, algo insólito en un momento en el que solo hablaban ellos. Ella, anarquista convencida, militante de la CNT hasta su muerte, escritora y deslumbrante oradora (sus discursos se recogían en panfletos) fue la primera mujer en ocupar un ministerio en la Europa occidental. Fue el 4 de noviembre de 1936, en España y en plena Guerra Civil, cuando cuatro dirigentes de la Confederación Nacional del Trabajo y de la Federación Anarquista Ibérica entraron en el nuevo Gobierno de una República con los días contados. Tres hombres y una mujer que despertaron recelos dentro por anarquistas y odios entre los suyos, por anarquistas vendidos. Nunca llueve a gusto de todos.

Apenas medio año le duró el cargo. “¿Qué se puede hacer en esas condiciones y en solo seis meses?”, le preguntan en una entrevista muchas décadas más tarde. “Muy poco”, se atrevió a contestar ella. Seis meses le bastaron a Montseny para, junto a Amparo Poch, su consejera de Sanidad, médica y activista feminista, impulsar la modernización de la asistencia social, fundar comedores para embarazadas, casas de reposo para quienes combatían en la guerra, hogares infantiles y los llamados ‘liberatorios sexuales’, casas de acogida donde se enseñaban distintos oficios a las mujeres que querían abandonar la prostitución y que, por cierto, fueron todo un éxito, demostrando para Federica que “muchas mujeres eran prostitutas porque no tenían otro medio de ganarse la vida”. Pero su gran pecado fue pretender legalizar el aborto, intentar, pese a que ella misma afirmaba no ser partidaria del aborto “sino de las precauciones que hay que tomar para no quedarse embarazada”, que las mujeres tuvieran capacidad de decisión sobre su propio cuerpo. ¡A quién se le ocurre, Federica, andar metiéndose en líos con la que está cayendo! Debió pensar Largo Caballero, que no estaba para perder el tiempo en derechos femeninos ni en farrapos de gaitas. Ninguno de sus trajeados y rojeras compañeros apoyó su propuesta. Hay cosas que siempre pueden esperar para más tarde.

En el 39 se exilió a Francia y en el 41 fue encarcelada por orden del general Pétain, jefe de Estado de la Francia colaboracionista. Franco exigió su extradición, que lo del aborto pese a no haber llegado a ninguna parte no podía dejarse pasar, pensaría el gallego, no es cosa de que parezca que la nación elegida por Dios no castiga a la que quiera jugar a hacer y deshacer en su cuerpo como si del mismo Jesucristo se tratase. Por suerte los franceses no se la concedieron, aunque sí que mantuvieron a Montseny en prisión hasta el 45, cuando los aliados liberaron Europa y dejaron España para otro momento.

Federica se instaló en Toulouse, capital del exilio español en el país vecino, y no volvió a pisar España hasta el 77, participando en el primer mitin que realizaba la CNT desde el 39. Allí, en Montjuic y ante más de 100.000 personas, demostró que continuaba siendo la mujer que habla. Desde entonces solo regresó a su país, que ya solo lo era a medias, en ocasiones puntuales, como para participar en el programa de debate La Clave en 1984. No pierdan ocasión de verlo (está completo en Youtube) porque es un documento asombroso. Siete hombres bien parecidos escuchan con atención y sin interrupciones a Federica, ella, por supuesto, hace lo propio. “La única esperanza que tiene la clase obrera es el anarquismo, es el único movimiento que no se somete. El poder es una charca pestilente que corrompe a todo aquel que a él se acerca”. Nadie se ríe, nadie insulta, nadie se mofa. Sorprende la ausencia absoluta de espectáculo.

Sin Dios, sin patria, sin rey y con un optimismo irreductible, Federica conservó intactas sus ideas revolucionarias hasta que partió para siempre sin representación institucional y sin honores de Estado. Anarquista indomable.