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Homosexualidad, drogas, ciencia y culturismo, Oliver Sacks, una vida a la altura de su obra

-No parece que tengas muchas amigas. ¿No te gustan las chicas?

-No están mal

-¿Te gustan más los chicos? -insistió.

-Sí, me gustan más, pero no es más que una sensación. Nunca he hecho nada. No se lo cuentes a mamá. Será incapaz de aceptarlo.

Pero mi padre se lo contó, y a la mañana siguiente mi madre bajó echando chispas, con una cara que no le había visto nunca.

-Eres una abominación -dijo-. Ojalá no hubieras nacido.

Oliver Sacks acababa de cumplir dieciocho años, era virgen, y el incidente lo acompañó el resto de su vida. Amante de la química, la natación, la música y las motos, el neurólogo más famoso de la literatura vivió con vehemencia muchas de sus pasiones, pero no todas y no todo el tiempo. Con agudeza y humanismo, como siempre trató las historias clínicas que nos hizo llegar de sus pacientes, escudriñó su vida en una autobiografía escrita poco antes de que le diagnosticaran un cáncer terminal y en ella reveló al mundo sus vocaciones, sus amistades, sus relaciones familiares, su estudio incansable del cerebro y también su homosexualidad. “Todos somos hijos de nuestra educación, nuestra cultura y nuestra época. Y he tenido que recordarme repetidamente que mi madre nació en la década de 1890 y tuvo una educación ortodoxa, y que en la Inglaterra de 1950 el comportamiento homosexual no se consideraba solo una perversión, sino un delito. (…) Pero sus palabras me persiguieron durante gran parte de mi vida y tuvieron una gran importancia a la hora de inhibir e inyectar un sentimiento de culpa en lo que debería haber sido una expresión libre y gozosa de la sexualidad”.

Con 22 años, el ya doctor Sacks decidió que era el momento de tener su primer encuentro sexual. Viajó a Ámsterdam, se emborrachó hasta perder el conocimiento en plena calle y a la mañana siguiente despertó sin reconocer la cara del hombre que lo había recogido y sodomizado la noche anterior. Tuvo, desde luego, otros amantes, confesó su amor a hombres heterosexuales y sufrió en sus carnes el desamor como cualquier ser humano. Se enganchó al culturismo y a las anfetaminas para dejar de ser una persona “tímida, insegura, retraída y sumisa” y con cuarenta años tuvo su última relación sexual y se entregó a un celibato voluntario que solo rompió treinta y cinco años después al conocer al fotógrafo y escritor Billy Hayes, de quien ya no se separaría nunca.

Tuvo que llegar a los 70 para sentirse libre de culpas y miedos entregándose a una relación como antes lo había hecho a la ciencia. “Los últimos 15 años han sido tan ricos en el trabajo como en el amor”, escribió Sacks en una carta de despedida que publicó El País pocos meses antes de morir. Sacks tuvo una vida a la altura de su obra. “He sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura”. A algunos nos bastaría con eso, y con recordar que hoy ya no vivimos en la Inglaterra de 1950, y aquí, en esta época y para siempre, la homosexualidad no es perversión, enfermedad ni delito, y si es pecado es para un dios de otro tiempo.