Transfobia, ¿la última frontera?

Sara Martínez 31/01/2021

No recuerdo cómo lo llamaban pero tampoco lo pondría por escrito. Rondaba los 60 años, no sé si tenía familia, pero era famoso por echar a andar de madrugada en tacones y tanga por la carretera comarcal que tomaban los mineros para subir al tajo. Algunos se reían, otros, apenas despiertos, no sabían si habían visto a un hombre o a un corzo. La mayoría seguía su camino. Solo dejabas de verlo cuando había pasado algo. Cuando alguien decidía que aquel mamarracho, aquel engendro ofensivo, necesitaba un escarmiento. Al cabo de unas semanas, amoratado y aún dolorido, reaparecía de nuevo. Dudo que aquel hombre se considerara transexual o transgénero, que hubiera escuchado jamás tales términos. Lo único cierto es que allí cada uno tenía su papel, los hombres eran hombres, las mujeres, mujeres, las putas, putas, ¿de qué iba aquel adefesio? Cualquier día aparecerá muerto, se oía como si tal cosa. Hay personas que se lo buscan solitas. El hombre blanco heterosexual (mariconadas las justas) está en la cúspide y cualquier otro colectivo discriminado aspira a tener los mismos derechos que el león de la sabana. En esta pirámide construida sobre los oprimidos y a costa de ellos, el tío que se viste de mujer y decide que la llamen Pilarita no está ni en la base, y no te quiero ni contar si Pilarita encima es negra o pobre.

Por hablar un poco de todo, en 1969, trans, drag queens, travestis, bolleras e invertidos de toda índole dijeron basta. El Stonewall era uno de los pocos antros donde se sentían libres. A ladrillazos y a gritos pelearon contra la policía. Fueron ellas, allí estaban, e hicieron de su lucha una reivindicación de derechos para gays, mujeres y marginados de toda clase. La memoria es traicionera. Lo que en un inicio pretendía ser una revuelta transversal se dividió más tarde. No todos se sentían dentro. No todos eran maricas jóvenes, guapos y liberados, igual que dentro del movimiento feminista no todo eran mujeres blancas de clase media que aspiraban a alcanzar las mismas cotas de poder que sus homólogos de clase, la opresión tiene muchas caras. Y no todos los que sufren quieren igualdad dentro de este sistema, algunos quieren cambiarlo, justicia social. Conviene no olvidar las palabras de Sylvia Ribera en el Orgullo del 73, ella, una mujer trans, racializada, trabajadora del sexo y activista desde los 17 años gritó entre abucheos: “me han pegado. Me han partido la nariz. Me han metido en la cárcel. He perdido mi apartamento por la liberación gay. ¿Y me tratáis así?, pero ¿qué cojones os pasa?”.

Antes de que la palabra ‘queer’ llegara a los círculos académicos, antes de que englobara teorías tan diversas como las que dividen al feminismo, ‘queer’ era un insulto para señalar a los bichos raros. “Ahí entraban, de forma indiscriminada, lo que en castellano serían bolleras y maricas, pero también tullidos, locas, moros, sudacas o retrasados. Queer es quien no encaja en la norma, quien sobra, quien debería quedarse fuera”, explica en un artículo de El País la investigadora feminista Amanda Mauri. Es fácil perderse entre tanto ruido. Hay un debate vociferante entre sexo biológico y género como constructo social. El intercambio de opiniones se da principalmente en redes sociales, porque en tierra firme las mujeres que no viven de publicar sus contenidos en Instagram, las que tienen que ir cada mañana a un trabajo precario, las que se han quedado al paro y no saben cómo van a pagar el alquiler, a las que han dejado confinadas con sus maltratadores, las que tiene que conciliar su vida con la atención requerida por sus hijos y por sus padres en una pandemia que ha subrayado de nuevo su papel como cuidadoras, están menos preocupadas por esto.

Las mujeres transexuales sin recursos económicos (la mayoría, ya que el desempleo en el colectivo trans alcanza el 85%), las rechazadas, las que tienen que pasar por una auténtica odisea de médicos y administraciones para que se les reconozca algo que en la calle se cuestiona, las que esquivan palizas e insultos, quieren vivir en paz. Si llevas toda la vida sufriendo y luchando contra el machismo, contra la condescendencia, contra las cadenas impuestas, si has celebrado cada logro y mañana tienes un hijo con genitales masculinos pero que se siente y es una mujer, ¿qué clase de mundo quieres para ella?

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