Spanking: todo lo que necesitas saber

EroticFeel 10/09/2021

Los fans de ‘The Big Bang Theory’ recordarán la escena. Sheldon reprende a Amy por haberle engañado. Se merece un castigo, dice. Unos azotes, ni más ni menos. Un contacto físico nada corriente entre ellos. La no tan mojigata científica se recuesta sobre las rodillas de su novio para recibir su penitencia. El tono es cómico, por supuesto, pero la expresión de Amy refleja a la perfección la excitación del momento. “No conozco nada más magnífico que unas nalgas que se sacuden bajo una mano, se endurecen y a continuación vuelven a suplicar otro azote. Se entregan y se rebelan en el mismo movimiento…” (El arte del azote, Jean-Pierre Enard).

La flagelación erótica no es nada nuevo. No hay vocación punitiva, no es un castigo real ni hay violencia alguna en el acto. El verbo en sí es sugerente, erótico, y debería (por suerte parece que ese es el camino) desligarse completamente del concepto de correctivo infantil. También del machismo y despecho del comentario que Nietzsche introdujo en ‘Así habló Zaratustra’ (1883): “¿Vas con mujeres? No olvides el látigo”. Desnudez, acaloramiento, indefensión voluntaria, adrenalina. El cuerpo produce endorfinas, el placer se desboca.

¿Qué es el ‘spanking’?

El gusto por dar o recibir azotes en un contexto erótico, eso es el ‘spanking’, y su origen es fácilmente rastreable a lo largo de la historia. Lo vemos, por ejemplo, en una pintura etrusca fechada en torno al 490 a. C. y ubicada en Tarquinia (Italia), la llamada ‘Tumba de las flagelaciones’ presenta a dos hombres azotando a una mujer en las nalgas con fines sexuales. Los antiguos romanos otorgaban a esta práctica poderes casi mágicos y en las Lupercales, los hombres corrían flagelando a todo el que se encontraran con látigos de cuero para incrementar la fertilidad de las mujeres y la virilidad de los hombres. De hecho, en ‘El Satiricón’ de Petronio, la sacerdotisa aconseja tratar la impotencia de Encolpio a base de azotes con ramas de ortiga (te va a picar mucho, no te lo recomendamos).

Y llegamos, claro, a la Inglaterra victoriana y a la extendida costumbre de disciplinar a la chavalería a base de ponerles el culo como un tomate. El hispanista Ian Gibson dedicó una obra a la correlación entre el castigo y el placer sexual, ‘El vicio inglés’, en la que sostiene: "A mi juicio, ninguna discusión sobre la sexualidad británica es posible sin tener en cuenta el sistema de azotes que, originándose en las public schools, se extendió a todas partes. Impotentes sin recurrir a los azotes, real o imaginariamente, las innumerables víctimas del sistema no sólo se vieron abocadas a una vida de deseos avergonzados e inconfesables, que hacía difícil, si no imposible, una relación matrimonial satisfactoria, sino que su condición dio origen a un auténtico océano de pornografía en la cual se recreaban ad-infinitum las añoradas escenas juveniles y sus ramificaciones".

Lejos de análisis e interpretaciones, excitarte dando o recibiendo azotes no es malo, patológico, ni cruel. Es un juego físico y mental en el que ambos miembros tienen que estar de acuerdo. Se fijan los roles y se da una intimidad difícil de reproducir en otras situaciones.

¿Cómo practicar spanking?

Según un estudio realizado por una conocida marca de juguetes sexuales, el 70% de las mujeres y el 64% de los hombres se excitan más cuando en el acto sexual se incluyen azotes. Incluso hay expertos, como Carol Queen, autora de 'Exhibitionism for the shy', que sostienen que un azote en las nalgas podría estimular las terminaciones nerviosas de la vagina. Pero ¿cómo hay que hacerlo?

Siempre en las nalgas, sin subir hacia los riñones. También se pueden dar, aunque más ligeramente, en la parte superior de los muslos. Hay que controlar el ritmo y la intensidad. Primero suave, prestando atención a la respuesta de la otra persona, a cómo reacciona su cuerpo, para luego incrementar la presión hasta el punto justo.

No se trata de una práctica peligrosa pero aun así, si es la primera vez que lo hacéis juntos, conviene determinar con antelación hasta dónde estáis dispuestos a llegar, siempre dejando lugar para cierta espontaneidad. Los azotes pueden formar parte del juego previo o se pueden dar en mitad de la relación sexual, todo es cuestión de gustos. Y sí, hay posturas que facilitan el spanking: recostada (o recostado, aquí no hay género) sobre sus rodillas, en la postura del perrito o, durante la penetración, a horcajadas sobre tu pareja.

Utiliza accesorios eróticos

Hay quien prefiere una mano firme y quien busca otro tacto, otra firmeza u otra intensidad. Y para eso están los azotadores eróticos, accesorios para diversificar el juego, para probar, para volverlo más refinado o más potente. Porque no es lo mismo azotar con la mano que con un látigo, una fusta o una pala, cada experiencia es diferente.

Látigos

De cuero, de caucho, de cuero vegano sintético, cortos o largos, con mango de metal, de madera, de vidrio, hay muchos tipos de látigos sexuales, solo tienes que escoger el que mejor se adapte a tus necesidades, ese que se convierta en una extensión de tu mano.

Fustas BDSM

Firmes y flexibles, elaboradas en charol o cuero sintético, con diferentes formas en sus extremos y un tacto muy suave, las fustas bdsm son uno de los azotadores sexuales más sofisticados que existen.

Palas BDSM

Cuenta la leyenda que el actor Jack Nicholson se armaba con una pala de ping-pong cuando quería azotar hasta el orgasmo a sus amantes. Pero lo cierto es que no hace falta que tires de tu equipo deportivo, hay palas específicamente diseñadas para el spanking más placentero.

Consejos para iniciarse en el 'spanking':

  • Recuerda que se trata de un juego sin ninguna connotación violenta ni machista.
  • Háblalo previamente con tu pareja.
  • Es mejor empezar de forma suave.
  • Los azotes deben ser siempre en las nalgas y, en todo caso, en la parte superior de los muslos, nunca en la espalda.
  • Lo más importante es el ritmo y la intensidad.
  • Si eres tú quien los da presta atención a la respuesta de tu pareja.
  • Si los recibes, hazle saber si te está gustando, en caso contrario, dile que pare.

El dolor, según dónde, cómo y con qué se aplique, puede ser increíblemente satisfactorio. “Pregunté a Michèle si la azotaina le había hecho daño. Ella dijo que sí, con un tono cuya modestia sugería de forma irresistible el orgullo y un placer, una felicidad incluso, sordas y salvajes.” (Elogio de la azotaina, Jacques Serguine).

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