La más puta de todas

Sara Martínez 25/09/2020

Por llevar una falda corta o un escote, por hablar alto, por destacar en el trabajo, por decir algo que molesta, por manifestar tu opinión o por callártela, por colarte en el supermercado, hay muchas razones para ser una puta. Congresistas, políticas de mayor o menor rango, árbitras de fútbol (estas además suelen ser putas y zorras, y deberían haberse quedado en su casa follando, perdón, fregando), periodistas, médicas, hasta tu vecina. Que levante la mano la que nunca haya sido una puta para alguien, la que nunca haya escuchado a su paso ‘esta es una puta’ o a la que nunca le hayan espetado directamente a la cara ‘eres una puta’. Yendo un paso más lejos, que tire la primera piedra la que nunca haya pronunciado la palabra puta en vano, contra una compañera de clase, de trabajo, contra la tía que te quitó al novio con 17 años o contra esa chica que, digámoslo claro, era infinitamente más guapa que tú y evidentemente una puta, obvio. La vida es muy larga y las ocasiones para ser una puta se multiplican.

Es cierto que el mundo del insulto es rico y variado: loca, histérica, zorra, guarra, golfa, bruja, pájara, perra, furcia, pero puta se lleva la palma, es el que más mola. Y ojo, que nadie se equivoque, cuando allá por 2014 miles de aficionados del Espanyol le gritaron a Piqué ‘Shakira es una puta’, su intención no era la de informar al futbolista de que su pareja practicaba el sexo a cambio de dinero, era la de ofenderle a él utilizándola a ella. Porque lo peorcito que le puedes decir a un hombre es que su mujer es una puta (tampoco está bien visto llamar puta a una madre o a una hermana), son propiedad, y que se sugiera que pueden andar golfeando, bailando, decidiendo, hablando, pues claro, menoscaba su masculinidad.

Cuando a la periodista Ana Pastor la llaman puta y cerda en las redes sociales por hacer preguntas incómodas a un político, no están criticando que compagine su sueldo en La Sexta con unas horas extra en la calle Montera, están enrabietados porque estaría mejor callada, pero tampoco demasiado que ya se sabe que también puedes ‘callar como una puta’ y te metes en otro lío. Callada lo justo, entonces, para preguntar qué tal le ha ido el día y si le acercas las zapatillas, el puro y la copa de coñac. Aunque según Peñafiel "los reyes no se deben acostar nunca con putas, sino con señoras, porque las señoras se callan y las putas lo largan todo", así que estamos confundidos, se ve que hay putas más habladoras que otras.

Curioso el lenguaje, para Quevedo las putas eran “hermanitas de pecar” y para la sacrosanta RAE ‘mujeres públicas’, que no es lo mismo que ‘hombre público’, es decir “un hombre que tiene presencia e influjo en la vida social”. Cada cosa en su sitio. La lengua no es machista, racista u homófoba, es solo una herramienta. A nadie le sorprende ya que las empresas se gasten miles de millones en campañas de marketing, imagen de marca o el eslogan perfecto, que busquen y se preocupen de cada una de las cosas que se dice sobre ellas. Porque el lenguaje es poder, una forma de ensalzar o de humillar, de poseer o liberar, de enaltecer o denigrar.

A nosotros, como a las Vulpes, también nos gusta ser unas zorras.

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