¿Plan para Halloween? Quédate bajo las sábanas y tiembla de placer en lugar de hacerlo de miedo

"When we’re together, darling, every night is Halloween" ("Cuando estamos juntos, cariño, cada noche es Halloween). Quizá es la declaración de amor más bonita pronunciada hasta la fecha en el cine si la ponemos en contexto. Hablamos de Morticia y Gómez Addams, el primer matrimonio apasionado de la televisión, el primero que no se saluda cada mañana durante el desayuno con un beso distraído en la mejilla como si no hubiese pasado la noche en la misma cama. Por primera vez no hace falta elegir entre puta o monja, porque ella no encaja en ninguno de los dos patrones. Madre de familia, poderosa, inteligente y absolutamente sexual, basta que Morticia pronuncie unas palabras en francés para que Gómez enloquezca de deseo.

“Mírala, moriría por ella, mataría por ella. En cualquier caso, ¡qué placer!", dice mientras la contempla al inicio de la primera película. Antes de eso, en 1964, la serie de la Familia Addams ya superó todos los límites de la televisión de la época. Bailes enardecidos, frases subidas de tono, risas cómplices e insinuaciones poco veladas de prácticas masoquistas. ¿Por qué la censura de la época permitió ese alarde de sexualidad para todos los públicos? Seguramente porque estaban locos y eran raros, una familia disfuncional a la que se le podían permitir ciertas salidas de tono. “Gómez, no te tortures, ese es mi trabajo”, le dice ella. Las parejas “normales” podían estar tranquilas, no había razón para la incomodidad.

“Anoche estabas desbocado, aullabas como un demonio desesperado, me asustaste. ¡Hazlo otra vez!”

Pero a una generación le resultó reconfortante, al margen de telas de araña, niños que juegan a matarse y manos que corretean por la casa sin necesidad de estar sujetas a un cuerpo, que el sexo formara parte de la vida, no solo de la vida, también de la vida familiar. Porque antes, y también después, de Morticia Addams, un cuerpo de mujer ya era motivo de desconfianza. Ancianas encorvadas con una enorme y peluda verruga o jóvenes de extraordinaria y maléfica belleza, en cualquier caso, al margen de la paciente y agradecida esposa, de la tierna casadera, o de la solterona simpática y solitaria, solo había dos tipos de mujer, y las dos encarnaban el pecado. Seres monstruosos y de naturaleza abyecta, brujas, vampiresas, sirenas o arpías. Mujeres transgresoras que organizaban aquelarres y terminaban bailando desnudas y copulando entre ellas, o con el mismísimo diablo. ¡Qué descaro! (Y además en forma de macho cabrío, lo que añadía al asunto un punto de zoofilia que lo hacía todo más creíble).

Y en estas llegó Morticia con su vestido ceñido y escotado, sus labios rojos y sus uñas largas. Una vampiresa seductora, exótica, culta y sofisticada que desprende sensualidad por los cuatro costados. Y a pesar de los hijos, la suegra, el tío rarito y el mayordomo larguirucho y pálido, ella y Gómez no desperdician un momento para demostrarse (y enseñarnos) lo mucho que se atraen, la seducción demencial que los engancha. “Anoche estabas desbocado, aullabas como un demonio desesperado, me asustaste. ¡Hazlo otra vez!”, le dice a su marido por la mañana.

Miradas, caricias, besos, palabras, juegos, y mucho sexo. Practícalo, planéalo, recuérdalo. Esta es nuestra recomendación para la noche de Halloween. Quédate bajo las sábanas y tiembla de placer en lugar de hacerlo de miedo. ¿Y mañana? Repite. Cada día. Para que el año que viene puedas decir: “When we’re together, darling, every night is Halloween”. Cualquier momento es bueno para un baile. ¿Truco o trato?