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Querido Santa, esto más que una carta es una amenaza

Querido Santa Claus, tenemos una conversación pendiente desde hace más de veinte años. Puede que creas que ya soy mayor para escribirte, pero diría que me lo debes. Hagamos un pequeño repaso para ponerte en antecedentes. Yo, que a diferencia de los niños de hoy en día (madre, que viejuno suena esto), sabía perfectamente que tú, como el superhéroe más todopoderoso pero también más gordo, solo podías cargar con un regalo por chaval porque tampoco era cuestión de que los renos murieran aplastados (y eso que de aquella aún no existía el Pacma), solo te pedí una cosa para las navidades de 1994. Llevaba viendo el anuncio por televisión más de un mes, consentiste que me metieran a la dichosa muñeca por los ojos y ya me imaginaba bailando por toda la casa al ritmo de la música más discotequera. Mi carta, que podría haber sido un post-it, una hoja arrancada de mi cuaderno de matemáticas (el que menos utilizaba), ponía una única cosa, Compi Disco. Tampoco era para tanto, ¿verdad, capullo?

Llegó el día, emocionadísima y confiada, abrí la ventana y allí estaba el paquete, pero no era una Compi Disco, ¿recuerdas? Era la puñetera Compi Payaso, una muñeca salida del mismísimo averno. Un payaso diabólico con una sonrisa siniestra que solo podía gustarte si eras hijo de Stephen King. Aquello debía ser una broma. ¿Qué leches había hecho yo? Me quedé dormida llorando mientras mi padre (no es que me lo imagine es que lo ha reconocido) contenía las ganas de lanzarme por la ventana con el maldito payaso. ¿Ya vas haciendo memoria? Porque la Compi Disco no estaba, pero las galletas, la leche y el turrón tampoco, bien que te las zampaste, gordo cabrón.

Y ahí no quedó todo, ¿dónde está mi Rosaura, mi cinta de las Spice Girls, mi granja de Playmobil y mis Lelli Kelly? ¡Tenían luces! ¿De verdad pensabas que iba a preferir una mierda de zapatos de charol para los domingos? ¿Y lo de la cinta de Eternal en lugar de la de las Spice Girls? ¿Estabas borracho o me querías convertir en una pobre marginada? No me taches de rencorosa, pero fuiste un poquito hijo de puta, así que me debes algo muy muy grande, ¿no me merezco volver a creer en la magia?

Si quieres que olvide que fuiste conmigo más Donal Trump que Papa Noel ya sabes lo que toca. En principio, daría igual que hubiese sido buena este año o una auténtica tocapelotas porque llevas muchos años de retraso, pero resulta que he sido todo un amor de persona. ¿Que cómo lo sé? Porque aquí estoy, fuera de la cárcel y dándote una trigésimo segunda oportunidad. Te aconsejo que no la desperdicies.

Esta es mi petición. Llevo meses escuchando hablar maravillas de él, me persigue. Me levanto por la mañana, leo el periódico y ¡pam! Ahí está. Pongo la televisión y ¡oh, sorpresa! Ahí está. Hablo con mis amigas y, faltaría más, ahí está (hasta la más escéptica ha sucumbido) ¿No tengo yo derecho a experimentar tal prodigio? Una vez más en mi carta solo hay una cosa, un succionador de clítoris, pero te aviso, estírate que hay de muchos tipos y yo quiero uno bueno, tengo pensado darle bastante uso. Nada de marcas blancas que esto no es tomate frito, no sé si me explico. No me gustaría estar esperando el sofrito casero de la abuela y encontrarme con una triste salsa precocinada del súper. Lo que yo quiero es pasarme las navidades en una orgía infinita de turrón y orgasmos.

Me despido ya, esperando no tener que volverme a poner en contacto contigo. Una última cosita, entre hamburguesa y hamburguesa, ¿has tenido tiempo de ver "It"? Yo sí, porque desde los ocho años he desarrollado una especie de amor odio hacia los payasos. Me gusta especialmente la parte en la que amenaza: “Voy a matarlos a todos. Los volveré locos y los mataré a todos. Soy todas las pesadillas que alguna vez tuvieron. Soy el peor de sus sueños hecho realidad. Soy todo aquello a lo que siempre tuvieron miedo”. Solo es una película, claro, pero recuerda, soy la niña a la que le trajiste la Compi Payaso y este año quiero un succionador de clítoris.