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Por las 'mujeres de', las que 'estarían mejor en la cocina' y las que 'llegaron ahí comiendo pollas'

Sara Martínez 08/03/2020

“Todas las creaciones intelectuales y artísticas, incluso las bromas, las ironías o las parodias, tienen mejor recepción en la mente de las masas cuando estas saben que en algún lugar detrás de una gran obra o de un gran engaño se encuentra una polla y un par de pelotas”. Tan demoledora como certera, la escritora Siri Hustvedt pone esta frase en boca, o más bien en letra, de la protagonista de uno de sus libros más brillantes y complejos, ‘El mundo deslumbrante’.

Que cualquier comentario, chiste o frase tenga más reconocimiento en un hombre que en una mujer, ¿es machismo? Que en un proceso de selección el entrevistador trate de diferente manera al entrevistado según sea hombre, mujer o mujer atractiva (según su criterio, por supuesto), ¿es machismo? Que se cuestione la valía de una política, de una artista o de cualquier otra profesional por sus características físicas o por su pareja, ¿es machismo? Hordas de ‘chiquinas’, ‘niñas’, ‘guapas’, ‘pequeñas’ y ‘bonitas’ maldicen a diario a los ‘campeones’, ‘cracks’ y ‘monstruos’ que pueblan las oficinas. Ha llegado el momento de las que ‘llegaron ahí comiendo pollas’ o por ‘ese par de tetas’, las ‘mujeres de’ y las que ‘mejor estarían en la cocina’.

El 8 de marzo de 1857 (aunque hay cierta controversia con las fechas) cientos de mujeres marcharon por las calles de Nueva York reivindicando mejores salarios. La manifestación acabó con 120 trabajadoras de una fábrica textil asesinadas en una descarga de hombría y brutalidad policial. Las trabajadoras que tuvieron la suerte de sobrevivir fundaron el primer sindicato femenino. Ya en el siglo XX, los propietarios de la fábrica Triangle Shirtwaist sellaron las puertas de las escaleras y de las salidas por miedo a que las empleadas robaran. El 25 de marzo de 1911 la fábrica se incendió, 146 trabajadoras murieron quemadas, intoxicadas o atrapadas bajo los escombros, algunas se suicidaron al no encontrar escapatoria. En 2020, la jefa de administración y contabilidad de un colegio concertado en una pequeña ciudad de provincia sale a ver si los obreros que ha contratado para llevar a cabo unas reformas necesitan algo, ¿eres la de la limpieza?, le preguntan. No hay ofensa alguna en ser empleada de la limpieza, pero resulta que no lo era.

Hagamos ahora una búsqueda rápida en Google, discriminación laboral por género. “Una empresa despide a una veterinaria de baja porque considera que si cuida a su bebé lactante puede ocuparse del ganado”, “El Supremo ordena investigar a cinco sargentos por acoso laboral y a un capitán que desoyó a la víctima”, “Multa récord a JPMorgan por negar permisos de paternidad igualitarios a sus brokers”, “La CEOE dice que en la brecha salarial influye que las mujeres arriesgan menos”, “Un cuidador por cada 17 cuidadoras”, “Las mujeres cuidan, trabajan más y ganan menos”. No hemos pasado de la primera página de resultados.

El dato positivo. Un grupo de amigos tomando un vino comienza a hablar sobre sexo. Ellas toman la palabra. “Yo nunca he sido capaz de masturbarme”, dice una. “Yo lo hago a diario”, responde la otra. Hablan entonces de juguetes y fantasías, de modos, maneras y posturas, de costumbres. No hay risas ni comentarios. Ellos ni se inmutan.

¿Qué si han cambiado las cosas en más de un siglo? Por supuesto, pero “ninguna mujer tiene un orgasmo limpiando el suelo de la cocina”.