Raritos de todo tipo y pelaje, guía rápida para practicar ‘puppy play’

Unos le compran un vestido rosa a su yorkshire y le hacen una coletita como si fuera el Nenuco de su infancia y otros disfrutan poniéndose a cuatro patas con una careta de perro. Humanizarlos o convertirse en uno, esa es la cuestión. La red está llena de términos como ‘pet play’, ‘pony play’, ‘puppy play’, ‘furry’... Pero ¿qué significan exactamente? Veamos. ‘Pet play’ englobaría cualquier juego de rol en el que una persona adopta el papel de mascota por diversión y placer, sea este placer sexual o no. Algunos de sus seguidores aseguran que es una manera fantástica de liberar estrés, una especie de terapia psicológica que ayuda a bregar con los problemas de la vida diaria. Y es que un animal doméstico no paga hipoteca, no aguanta al jefe y no se preocupa de la subida de la luz ni del coronavirus. Va a su aire, olisqueando culos, ronroneando, espatarrándose panza arriba para que le froten la barriga o lo que cada especie haga. Porque aquí viene la segunda división, no es lo mismo jugar a ser perro (puppy play), que a ser gato (cat play) o poni (pony play). La conducta es distinta y también lo son los accesorios y la vestimenta.

Por último, la comunidad ‘furry’ crea personajes animales con características antropomórficas; es decir, se disfrazan de un animal con rasgos humanos que identifican como su alter ego, pero no se sienten animales. ¿Tiene connotaciones sexuales? Para muchos sí. Dejemos claro que unos y otros matizan que en ningún caso utilizan en sus juegos animales reales, que no tienen gustos zoofílicos, que siempre ha de haber consenso entre los participantes y que no hacen daño a nadie.

Sentadas las bases iniciamos el viaje. Coged vuestros apechusques porque nos vamos a San Francisco, cuna de todas las subculturas que se precien. Si te quedaste de piedra con el noviazgo de Arévalo y Malena Gracia, agárrate. En la ciudad norteamericana el movimiento ‘puppy play’ es tan numeroso que se realizan encuentros cada segundo sábado de mes. Aunque este fetiche tiene seguidores masculinos y femeninos, es más frecuente en la comunidad gay. Para algunos tiene connotaciones de dominación y sumisión, se visten con cuero y látex, llevan correa y solo hacen lo que su amo les ordena. Según explican en la página del International Puppy Contest (sí, también existe), “algunos cachorros son propiedad y usan collar con llave y a algunos simplemente les gusta ser callejeros. Nunca agarre el collar de un cachorro si lleva candado, es una falta de respeto a su dueño”. Vamos, que para evitar sustos, a perro que no conozcas, no le espantes las moscas.

En la misma página cuentan que entrenar a un cachorro humano puede ser tan difícil como hacerlo con un cachorro de verdad. “Algunos cachorros renuncian por completo a todas las características humanas, convirtiéndose en una verdadera mascota, mientras que otros conservan diversos grados de sus características humanas”. Aclara que, según el nivel del juego, a muchos hay que enseñarles a hacer sus necesidades fuera, a no hablar y a no romper el mobiliario. Para conseguirlo, claro, se puede recurrir a bozales, jaulas o dispositivos de castidad “para evitar que los perros cachondos se follen los muebles o las piernas de las personas”. Y da un consejo para los que quieran ir demasiado lejos. “Si a un cachorro humano nunca se le permite hablar o interactuar como un ser humano normal durante períodos prolongados, puede volverse psicótico y peligroso para usted y para ellos mismos”. No tenemos mucho más que añadir, con una fiesta de estas y una visita al Golden Gate tienes el finde hecho.

 

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